LA GUERRA DE DOS MUNDOS

Por: Hugo Hurtado Valencia

Escribo estas líneas invadido aún por la tristeza, la tragedia y la vergüenza que siento como colombiano, al saber que un país miedoso y calculador, refugiado en sus mezquinas comodidades, le niega a ese otro país, abatido por cincuenta años de violencia, la oportunidad de la paz.

La guerra de dos mundos es, a mi manera de ver, la metáfora más acertada para describir esta infame realidad. En un primer mundo, se encuentran la institucionalidad, los servicios sociales, las oportunidades laborales. En el otro, todo es deficiente. En un primer mundo está la afinidad cultural, la comunicación globalizada, la guerra como espectáculo que se ve a través de la pantalla; en el otro, se encuentran lo diverso, lo marginado, lo desconectado. La guerra como una cotidianidad que diezma y desesperanza, por las condiciones objetivas de pobreza, hasta el  hombre y la mujer más fuertes.  

En estos dos mundos, con fracturas, continuidades y dependencias, todos al parecer quieren la paz; sin embargo, los  caminos y las formas de buscarla se piensan diferente. Los primeros, la desean sin que cambie nada; es decir,  conservando sus privilegios y si se puede agregando otros más. Los segundos, generando las transformaciones necesarias para que disminuya la pobreza, principal elemento de la división. Las incomprensiones, debates, confrontaciones y en mayor expresión, la indiferencia, son el resultado de esta división.

En medio de este caos, los políticos corruptos y los manipuladores de la fe pescan en río revuelto. Apoyados en convenientes interpretaciones de la biblia y de la ley; en el miedo de la población al cambio, en sus propias posiciones de poder y en los medios de comunicación,  avivan toda clase de pasiones, odios y desesperanzas que aumentan la confrontación. Sólo así, sus imposturas de mesías logran sostenerse.  

El “castrochavismo”, el comunismo, el riesgo de la propiedad privada, la impunidad, el debilitamiento de la democracia, la elevación de los impuestos, la legalización del narcotráfico, la pobreza colectiva, el sueldo para los “asesinos”,  el crecimiento de los cultivos de coca, el ateísmo, la homosexualidad en contra del deterioro de los valores familiares, la no reparación de las víctimas, la confiscación de los bienes adquiridos de buena fe, la ideología de género, la entrega, en general, del país a las FARC son los discursos, casi todos mentirosos, con los que se socava la posibilidad de la paz.  Las arengas encuentran aceptación en las masas políticamente ignorantes.

En este estado de cosas, se sabotea la democracia, se afecta  la comprensión ilustrada y se incide en la intención de voto de los colombianos. Ingenuamente, los miembros del gobierno, educadores y defensores de derechos humanos se dedican a explicar la paz, mientras los manipuladores de almas proponen el miedo. Cínicamente, los medios de comunicación reproducen las palabras de estos últimos y desdibujan la de los primeros, resguardando por esta vía sus propios privilegios. ¿Qué vendrá? No lo sabemos. La incertidumbre ronda una vez más el destino trágico de los colombianos. Mientras tanto, la guerra de dos mundos continúa. Hoy anuncia, uno de sus impulsores que es necesario tomarse el tiempo que sea para establecer nuevos acuerdos.


Por otra parte, los arrepentidos del NO y los afligidos del Si en el plebiscito salen sorpresivamente a las calles. En el televisor todo esto se presenta como una novela. Descaradamente, algunos periodistas se mofan y hacen chistes. Los analistas políticos develan toda clase de escenarios y estrategias. La comunidad internacional no lo puede creer. Los desplazados, las víctimas, los campesinos, las mujeres y los niños marginados, lloran. Para completar en la tarde juega Colombia, será el partido más triste ¡Qué desgracia!    

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